Sheminí
Cuando la presencia desciende, el yo debe hacerse silencio
Hay un punto en el camino donde hacer ya no es suficiente.
Siete veces el ser humano construye, corrige, intenta, eleva.
Siete veces ordena su mundo, pule sus intenciones, enciende su fuego.
Pero el octavo…
el octavo no le pertenece.
El ocho es la grieta por donde entra lo infinito, es el espacio donde la voluntad humana deja de empujar y aprende, por fin, a sostener.
Los sabios enseñan que la Presencia no habita donde hay perfección, sino donde hay espacio.
Espacio sin ruido.
Espacio sin exigencia.
Espacio sin ego reclamando ser el origen de la luz.
Porque hay una trampa sutil en el alma que busca lo sagrado: creer que acercarse más… siempre es elevarse.
Pero no todo acercamiento es encuentro.
No toda intensidad es verdad.
A veces, lo más alto es saber detenerse.
A veces, la mayor ofrenda
no es el fuego que entregas… sino el impulso que decides no encender.
Sheminí viene a romper la ilusión del control espiritual.
Nos recuerda que lo divino no se conquista,
no se provoca,
no se imita.
Se revela…
cuando el interior deja de arder por sí mismo.
Y entonces, en ese instante casi imperceptible, cuando el alma ya no interfiere, cuando el deseo se vuelve humilde, cuando el silencio deja de ser ausencia y se convierte en presencia…
El fuego desciende.
No como castigo.
No como espectáculo.
Sino como verdad.
Y la verdad no siempre consuela, pero siempre ordena.
Por eso el alma madura no es la que más siente, ni la que más busca, ni la que más hace.
Es la que aprende a quedarse…
sin invadir lo sagrado.
Porque hay puertas que no se abren con fuerza, sino con reverencia.
Y hay luces que solo se encienden cuando el ser humano entiende que no es la fuente…
sino el recipiente.
Con luz infinita
Monserrath

